jueves, 15 de octubre de 2009

El semáforo

Salgo del fisio. Mis hombros y mi cuello lo habían absorvido todo: las imágenes, las lágrimas, los temblores, la rabia, la indignación, la pena, las prisas, el cansancio... hasta el pelo que se le está cayendo a Amó. Por suerte unas manos expertas pueden solucionar eso y mucho más.
Salgo del fisio y, aunque tengo cerca la parada del bus, voy caminando para disfrutar de la nueva sensación. Hasta que me canse.
Me encuentro con predicadores callejeros. Los despacho con elegancia. Paso por la farmacia. Compro vitamina C.

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Paso por delante de un cole de infantil. Me cruzo con gente en la acera, todos sonríen y miran a los niños que han salido al recreo. Me voy fijando en sus babis, en sus juegos, en las que ya apuntan maneras de ser las presumidas de la clase, en el que se acaba de caer y se mira las manos con cara de dolor, en la que pega patadas a un balón y deja boquiabiertos a los chicos.
Hay uno que está solo mirando hacia afuera. Un crío guapo, de pelo oscuro, vestido de verde.
Hola me dice.
Hola le digo.
¿Vas hacia allí?
No cruces, ¿eh? que está en rojo
No, tranquilo
Me explica que tengo que mirar al semáforo de los coches, y que cuando se ponga rojo el otro estará verde y podré pasar. Me insiste mucho en que no cruce, supongo que porque ve que no pasa ningún coche y sabe que los adultos nos saltamos las normas.
Cuando se pone en verde, nos decimos adiós. Yo me voy sonriendo, feliz.
Quizás sea una tontería, pero estos pequeños momentos me alegran la vida
Éso, para mí, es la magia.

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