viernes, 3 de septiembre de 2010

Tito Bustillo

Amó y yo estamos finiquitando las vacaciones, y hoy nos decantamos por una actividad cultural: visitar las cuevas de Tito Bustillo.
Salimos tempranito por si el tráfico, y llegamos con tiempo de sobra, así que primero pudimos visitar La Cuevona (en pase semi-privado, éramos cuatro contados más el guía) y después entramos en la cueva principal.
La sensación es impresionante. Desde cómo se van adaptando tus ojos a la oscuridad, a la sensación fría y húmeda en la piel, el sonido del agua de un río que corre diez metros por debajo de tí o las gotas que van cayendo de las estalactitas... todo es fresco, y natural. Y grande. Te sientes de repente insignificante.
Las pinturas, por supuesto, son un gran atractivo. La pena es que a la mayoría de las galerías no se puede acceder, pero aún así, puedes ver muestras policromáticas como hay muy pocas en el mundo.

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Se te va la imaginación a otro tiempo en el que la cueva, como un bosque o como un río, era un ente vivo al que honrar, que te ofrece imágenes que sacar a la luz, que te susurra cosas místicas.
La compañía de los guías es inestimable. La información que te dan es muy valiosa para comprender la grandeza del entorno, y la palabra hablada cobra una relevancia especial en un lugar donde lo que había era la fuerza de las historias contadas al calor de una hoguera.
Y luego, a la salida, todo parece distinto, desde la luz al aroma del mar que se percibe perfectamente.
Yo he salido con ganas de hacerme el hara-kiri por no haber ido antes, teniendo tal tesoro tan cerca.
Tenéis que ir, todo el mundo, porque merece la pena. Y si vais, visitad los lavabos. Porque con la imágen de la puerta se os va a pintar una sonrisilla.

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