jueves, 18 de noviembre de 2010

La silla

Cuando en una conversación sale el comentario de que voy a clases de tango, la pregunta más frecuente es "¿Con rosa o sin rosa?". Siempre me ha hecho gracia lo cerrado que tenemos el cliché. Poca gente me pregunta por los tacones o la falda, o a Amó por el sombrero o el traje. Pero la rosa está ahí, en las bocas apretadas de las películas, marcando nuestra imaginación. 
Pues no, en estos meses nunca jamás hemos hecho nada con rosas. Tampoco bailamos pegando las mejillas, estirando el brazo y caminado con decisión hacia adelante en un gesto dramático y brusco. Los clichés sólo son éso.
Sin embrago, el último día tuvimos un ejercicio diferente, que me encantó: bailamos con silla.


silla
Hemos dado con un escollo en los pasos nuevos: son más difíciles, más técnicos y más elaborados, y nos están costando un poco más que los anteriores. El tango es así: no es difícil hacer los pasos, lo complicado es hacerlos bien. O medio bien. O simplemente pasables... Mejor no sigo.
Así que allí estábamos, todos en fila, girando alrededor cada uno de su silla, marcando el tempo, con una concentración sublime. 
Por un momento tuve la fantasía de que podía verlo desde fuera, como una coreografía sincronizada, y me dio la sensación de que tenía que ser hermoso. 
Cuando parecía que lo teníamos cogido, probamos a ensayar los pasos en pareja. Y ahí ya sale todo: el equilibrio (o la ausencia de), la aceleración del ritmo, la falta de compenetración, los pisotones...

Que le den por c**o a las rosas...
¡Qué bien bailan las sillas!

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