sábado, 18 de diciembre de 2010

Uuuun, dos, tres...

Es lo que más me gusta de las últimas tres navidades. Nos juntamos todos, de todas las edades, de todos los niveles, parejas oficiales y otras que se acaban de formar. La música siempre es sublime, y nuestras pintas deportivas suelen contrastar de una forma un tanto cómica. Vamos aprendiéndolo todo: los pasos, las vueltas, las variaciones, las claves musicales y las inevitables reverencias. 
Siempre es lo mismo, pero nunca es igual. Nos reímos, nos equivocamos, nos aplicamos mucho y tras unas 8 o 10 horas de ensayo, está todo listo para La Gran Noche. 
Es lo malo de estas cosas, tanto esfuerzo y al final todo se resuelve en 5 minutos 35 segundos. Vamos muy guapos y muy decimonónicos, pero siempre están los imprevistos. Una falda demasiado larga que alguien pisa. Unos zapatos de pulsera demasiado flojos que se salen. Un tacon que desafía peligrosamente el equilibrio. Una americana que tira demasiado de la sisa. Una didadema que se cae. Un espontaéno del público que grita algo y te hace sonreír de más. Alguien que confunde el segundo bloque con el tercero, o un frenazo excesivo antes de inclinarse. El que se va poniendo nervioso y se va acelerando y va un segundo por delante, como si fuera el jefe. Una vuelta que va en el sentido contrario. Un relevé o un plié a destiempo. 
Las combinaciones son infinitas. Y siempre pasa algo. Y siempre es algo con lo que no contabas. Pero ahí está el encanto. 
Empieza la cuenta atrás para La Gran Noche del Vals.


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