viernes, 25 de febrero de 2011

Carné de baile

El Sábado estuvimos de Cena de Baile. Eso no es nsda extraordinario, una vez cada mes o como mucho dos meses, se organiza alguna. 
Pero ésta ha sido muy diferente. Estrenábamos un lugar nuevo, precioso y bien acomodado, con buen menú y una pista de baile que se nos podría quedar pequeña; no por falta de espacio, sino por exceso de ganas de bailar.
Además, nos propusieron un juego: el del carné de baile. Yo que había leído tanto sobre el tema en todas esas novelas de vestidos de muselina y guantes de terciopelo que tanto me gustan, me emocioné en seguida.
Hubo que adaptarse un poco a la época: no creo que en los salones se bailase fox-trot, y el carné de baile era algo exclusivo de damas jóvenes, solteras y de buena posición, y el aceptar o no los bailes venía marcado por los posibles del caballero y por los mandatos de las madres y acompañantes de las debutantes.

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Aún así, fue un experiencia de lo más interesante. Teniendo en cuenta lo cortadillos que estuvieron los hombres a la hora de solicitarnos el honor, yo pude llenar la mitad del carné, lo cual no estuvo nada mal. Además, sirvió para reirse con los típicos contratiempos (el que se equivoca y tiene comprometido un baile con dos señoritas o el que no encuentra a la suya y escoge a otra de última hora) y para aprender, aprender mucho; porque a bailar se aprende, precisamente, bailando.
Yo tuve la suerte de bailar un tango con un caballero a quien no conocía,  que no sabía qué pasos conocía yo y cuáles no, y aún así conseguimos un entendimiento y una compenetración que nos hizo una ilusión tremenda. 
Una experiencia para repetir.
Coronel, ¿ha visto usted la tiara 
con perlas de Lady Wellington?

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