sábado, 12 de abril de 2014

El tío del tren

Fue hace ya bastante tiempo, en una de esas temporadas que me tocaba coger el tren para ir a trabajar.

Le vi dos veces.

La primera iba sentada cerca de una puerta, era un día bonito de sol. Entró, se sentó frente a mí, esperó dos paradas y se fue. Parecía impaciente, quizás llevara prisa o estaba preocupado.
Joven, en torno a los 30. Traje gris, buena combinación de camisa y corbata. Sin maletín. Zapatos limpios y lustrados. Uñas impolutas, corte de pelo correcto, buen afeitado, todo muy mirado y cuidado. No recuerdo su perfume, si lo llegué a percibir, pero tenía que oler muy bien. Toda su imagen era muy limpia.
Pelo castaño, ojos color miel. Tez sin bronceado excesivo, suave. Rasgos angulosos, sin estridencias. Nariz recta, mentón suave. Buena sonrisa. Tenía ese tipo de mirada que parece irreal, como si llevara un equipo con focos a su alrededor dándole siempre la mejor luz, para que sus ojos tuvieran reflejos increíbles, como propios, como desde dentro.
No sé si lo estaré transmitiendo bien: era condenadamente guapo. De esto que te fijas. "Uy que tío más guapo". Y ya. Se baja del tren y tú sigues hacia tu destino, a tu trabajo, a tu vida.
Te quedas con la sensación de que hay hombres guapos y bien vestidos en la vida real, no solo en la tele. Que viven su vida, que curran, que cogen el tren. Que son gente normal.
Y ahí acaba todo.

 photo 444712589_zpse322d808.png

Ojalá.

Pero no.

Lo vi una segunda vez.

Yo iba sentada de espaldas a la marcha. Le vi entrar y colocarse detrás de mi. Otro traje, esta vez más oscuro. De nuevo esa imagen impoluta y esa mirada iridiscente. 
Esta vez no iba solo. Iba con una chica, charlando. Ella también iba bien vestida. Era una chica normalita. Le miraba desde abajo y pestañeaba un poco en exceso, como cualquier mujer heterosexual sin demasiadas dioptrías mira a un chico así. Él le hablaba desde el Olimpo sin coquetear, pero con la pretensión de saber que te están pestañeando un poquito de más. Deduje, no sé si por la conversación o qué, que era una compañera de trabajo.
Le oi hablar todo el trayecto, que de nuevo fueron solo un par de paradas. Se me hizo eterno.
Tenía una voz atiplada, no es que fuera fea, pero no era grave. Tampoco lo hubiera esperado, no le iba con la cara. Pero no era ése el problema. Tenía ese tono un poco afectado, con las consonantes altas en el paladar y las vocales alargadas y nasales... Lo que es el acento pijo, de toda la vida. O sea. (y de hecho, sí, decía "o sea"). 
Contaba su fin de semana, que había conocido a una chica guapísima, que se la había presentado una amiga común, que otra amiga de ellas más fea le había dado conversación y que él solo miraba a la guapa. Que luego la amiga común le había dicho que su amiga guapa también lo miraba a él, que le había parecido que estaba muy bien, que iban a quedar, que a la otra fea también le había caído en gracia, pero qué horror...

Y ahí me quedé yo, qué horror. Otro guapo tonto más pa la colección. Fachada y solo fachada. Guapo por obligación, porque tiene que tener alguna cualidad, por selección natural, porque si no, se extinguiría...  Pa que luego digan de las rubias...

2 VALIENTES:

Raquel dijo...

Qué guapo estaba callado, eh? jajaja.

Áncora dijo...

Y qué guapa estaba yo sin poner la oreja jajajaja