sábado, 19 de diciembre de 2015

Reflexiones maternales, vol II

... Hay cosas que hablan por sí solas, y creo que ver este post y su antecesor cronológico, así, seguiditos, ya dice bastante.
Las reflexiones maternales vol I las publiqué el día del primer cumpleaños de mi hijo, y por tanto mi primer cumpleaños como madre. Pretendía, al menos, escribir una reflexión anual, aparte de seguir hablando de otras cosas que me interesaran. Y ya lo veis. Ha pasado más de tres meses desde el segundo cumpleaños y por el camino no he publicado nada.
Al principio, lo reconozco, no quería poner nada más. Me gustaba verlo ahí, arriba, un post largo y currado que me había llevado largo tiempo escribir y en el que había puesto mucho de mí. Unos días de protagonismo me parecía importante dárselos. Después de eso empecé varios borradores, pero... no tuve tiempo. El problema no ha sido la maternidad en sí, pero eso prefiero desvelarlo luego. Dejadme ir por orden, por favor, que llevo un año entero haciéndome el guión.

Una primera reflexión TONTA, pero TONTA de verdad, me ha llenado la cabeza muchos más ratos de lo que seguramente es reazonable, pero de verdad., me mata. Es la puñetera invasión sajona en las melodías de los juguetes. No sé por qué, te juntas con al menos una docena de gadgets que tienen luces, botoncitos y música con distintas melodías. Y son canciones infantiles extranjeras. "Bingo" no la cantábamos en la escuela, ¿a que no? Pues Pequeño Cuervo la tiene en al menos tres juguetes. ¿Tan complicado sería hacer un juguete con melodías como "A mi burro", "Debajo un botón", o "El patio de mi casa"? Pues no hay. O yo no las he encontrado. Y me parece acojonante. Al final del día acabas oyendo un montón de veces esas músicas ratoneras y muchas no sabes ni lo que son. Tampoco, obviamente, puedes cantarselas al crío, que es lo que podría darle un poco más de chicha al juguete (a mí no me han vendido la moto de los cacharros interactivos: por muy molón que sea un juguete, el niño lo abandona a los cinco minutos si está jugando solo. El mejor juguete es mamá). Así que acabas inventándote unas letras infames ("qué bien se está desnudo, qué bien, qué bien se está") mientras te cagas en Phiser Prize España por no tener un poco de cultura autóctona. Leches.

Aunque a lo mejor el problema viene de atrás. Algo que me sorprende sobremanera es que los padres hoy día han reducido las canciones infantiles única y exclusicamente a los Cantajuegos. Y de ahí no salen.
El otro día me sentí sola, rara y si me apuras divergente en un bebecuentos en el que la narradora empezó a cantar una canción y todos los papás la corearon ipso facto, salvo Amó y yo. Esto... ¿perdón? Esa canción yo no la había oído en la vida hasta hoy. ¿Por qué os parecen tan buenas para niños unas canciones que no habíais oído en vuestra p... vida hasta que fuistéis adultos? Yo a mi hijo le canto canciones infantiles sin puñetera necesidad de actores feos en peto vaquero.
A lo mejor yo tuve una infancia privilegiada en ese aspecto. En mi casa cantamos todos con la afinación de un ñu, pero cantamos mucho. Mi madre me cantaba todas las canciones que le cantaban a ella de pequeña y las que conoció por la tele de los 60, y me compraba cintas (ains, los ochenta) de Los Pitufos (no, los makineros, no), de Rosa León y de Monano y su banda. Yo he llegado a la treintena con un repertorio infantil de echarse para atrás. No necesito los Cantajuegos para nada.

Por no hablaros de las nanas... A pie de la cuna cuervil, hemos tarareado la banda sonora de 1492, la de Juego de Tronos, hemos cantado las nanas de El último de la fila y  de U2, unas cuantas sintonías de series y dibujos de la tele, caras B de HIM y los 69 Eyes  y hasta ese Sweet Little Words que da título a este mi blog. Cantajuegos a mí. Pero claro, ahora lo que mandan son los fenómenos de masas.

Pequeño Cuervo no se atonta con la tele. La ve un ratito, se levanta a por un juguete, atiende otro poco, coge un libro... Eso de dejarlo en la trona entretenidito mientras "haces la casa" yo no lo he vivido. Tampoco es que quisiera, la verdad. La casa sigue ahí al día siguiente, y tu hijo deja de ser bebé en cuanto cierras los ojos. Pero sí que cuando empezó a tener un poco de entendimiento y el invierno apretaba y mamá estaba con mocos nos hemos pasado ratos frente a la caja tonta. Al principio yo escogía, y ahora ya puede escoger él. Entre una y otra cosa hemos visto series muy bonitas, educativas y adecuadas a su edad (El circo de Jojo, Los Little Einsteins, La Patrulla Canina o los Bubble Guppies), y también hemos hecho mucho zapping. Y la conclusión general del panorama infantil mete miedo. Hay dos extremos claros, o bazofia educativo-repetitiva para niños muuuuy pequeños (véase Dora la Pesadora)  o dibujos estilo cubista-bauhaus con temática claramente adulta, o como poco adolescente. O bebé, o púber. No hay término medio. Igual de sesgado está el tema de género: o hadas rosa llenas de purpurina y niñas pijis llegando a ser estrellas, o superhéroes llenos de anabolizantes y fútbol extremo.
Imposible no pensar eso de que "cualquier pasado fue mejor" y probar a calzarle a la criatura el dvd de turno de Los Caballeros del Zodiaco, para ir educando el gusto.
(Mencion especial hago a Las Macabras Aventuras de Bill y Mandy de las que me declaro fan, pero para mi, a los 35, y por mi bagaje Rascayú).

Los dos siguientes temas dan para mucho, pero muchomuchomucho más de lo que voy a decir aquí, pero no quiero acabar escribiendo un único post eterno cada año. Así que os resumo pequeñas pinceladas para  poder retomar mis reflexiones otro día. 

Del tema parques tenemos para un libro entero, y eso teniendo en cuenta que a un bebé apenas lo llevas a semejante ecosistema antes de que puede estar sentadito en un columpio. Aquí solo quiero tocar un punto, y veréis que sencillito es: vivo en Asturias, Paraíso Natural. Verde, muy verde, y muy guapo. Verde porque llueve mucho. Pues en un sitio donde llueve mucho y lleva lloviendo mucho toda la puñetera vida no se les courre algo tan sencillo como... atechar un parque. No digo que todos estén atechados, ni siquiera que ateches un trozo en cada uno. No, sólo pido un tendejón, como los de los polideportivos de los coles, no sé.. ¿en un parque de cada seis? Algo que nos ayude cuando llueve y los niños siguen necesitando donde esparcer y divertirse. Algo que, cuando pare de llover, no te obligue a llevar una bayeta y una bolsa de basura en la sillita para adecentar un tobogán que se ha mojado hace dos horas.  No sé si es dejadez o negocio, teniendo en cuenta que los centros comerciales y cafeterías con zona de juegos (pocas, muy pocas, y petadas, todo sea dicho) hacen su agosto precisamente en invierno... Pero yo sospecho, que, como todo lo demás, es cosa de no preocuparse de algo que.. total, es cosa de madres.

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Y, para terminar, el tema más largo, más jugoso y más triste... la realidad de la mamá trabajadora. 
Yo no tenía pensado trabajar hasta que PequeCuervo empezara al cole. Habíamos hecho cuentas, y tres años sin que yo trabajara, aunque nos iban a ser más difíciles, nos los podíamos permitir. Ese era el plan y lo mantuvimos durante 14 meses.
Ahí llegó una sorpresa: me llamaron para cubrir una baja de maternidad. Era un sitio donde ya había trabajado varios años, un puesto que conocía, con un horario bastante aceptable (15 horas semanales, media jornada, con el aliciente de tener los lunes libres).  Era un contrato con un principio y un fin (unos seis meses, entre baja médica, de maternidad, lactancia y vacaciones), con buen horario y un sueldo decente. Me parecía muy fácil la conciliación, y claro que dije sí. 
A ver, no, no me arrepiento, fueron seis meses buenos... pero nada parecido a lo que yo pensaba. Primero la aventura de buscar guardería (de esto ya hablo otro día, palabrita), después la ayuda de los abuelos, luego la incorporación al trabajo. Todo se vuelve una carrera frenética, correr para desayunar, correr para ir a la guarde, correr para ir a trabajar, correr al salir de trabajar para recoger al retoño. Vives en perpetua carrera siempre con la sensación de dejarte algo y siempre acordánte del otro ámbito cuando no toca. En casa te acuerdas del infome a medio hacer, y en el curro de que hay que comprar pañales. Algunas noches llegas a casa sin haber contado con la cena, algunas mañanas descubres que por la noche no dejaste listo el puré de verduras... En un principio, es cierto que separarte de tu hijo no deja de ser un cambio de tercio, y el reencontrarte con él después de haberos echado de menos, tiene su encanto. Pero claro, eso es porque yo tuve un curro parcial durante un tiempo determinado. Ese efecto, después, se va pasando. Lo que no se te quita en la vida, es la sensación de correr. 

Después de un inpass extraño de un par de semanas, en el que estuve a punto de coger otro trabajo que al final no resultó interesante... apareció otra cosa. Me llamaron para dar vacaciones. Unos dos meses (al final, fueron casi tres) en un ámbito que yo no conocía mucho, jornada completa y a turnos. Como la virtud es de los audaces, allá que me fui. Resultó ser un trabajo precioso que me encantaba, que por supuesto me compensó muchísimo económicamente y que, la verdad, tenía unos turnos llevaderos, dentro de lo que son. Pero podéis imaginaros que la sensación de correr fue mucho más apremiante. Había días que no veía a mi hijo, en algunos casos incluso dos seguidos. Luego solía tener unos días de descanso para compensar, pero aún así es algo a lo que te cuesta acostumbrarte. Ya en el trabajo anterior había ido dejando cosas "para cuando acabe" y ahora se me iba acumulando el trabajo. Montañas de ropa sin planchar. Familiares que reclamaban visita del retoño, o al menos una foto para reconocerlo. Blogs con matas rodando cual western del malo. Miradas al espejo que demuestran que si entras en una peluquería ya no van a querer dejarte salir... Si hubiera podido seguir, lo habría hecho. Es genial poder trabajar en algo bonito y ganar un buen sueldo. Pero todo tiene un coste. Ser madre y trabajar tienen un coste muy alto. 

Ahora sigo trabajando. Al terminar allí, empecé en otro proyecto de la misma entidad. En este caso, aunque también hay turnos, es una jornada parcial. Tengo descansos enormes y mucho tiempo con Pequeño Cuervo, a cambio de un sueldo mucho más modesto. Si no contara con la ayuda de los superabuelos, y fuera todo a golpe de guardería, perdería dinero. Así es la realidad de una madre trabajadora. Puedes partirte el espinazo, vivir corriendo de un lado a otro, perderte tiempo de ver crecer a tus hijos y ganar poco más que para pagar la guarde. En serio, hay trabajos que incluso te podrían hacer perder dinero. 

No, no es mi caso. Llevo más de un año trabajando de seguido, y siempre me ha compensado por lo económico y, por suerte enorme que tengo, en lo personal, porque me gusta(n) mi(s) trabajo(s). Tenía un miedo enorme de que PequeCuervo no se adaptara o lo pasara mal, y la verdad que ha entendido perfectamente que mamá tiene que trabajar y no ha sufrido ni un ápice. Pero incluso en el mejor de los casos... el coste personal, las carreras, el estrés, la noche de doblete sin dormir con los llantos de madrugada, y los mocos y la tos y la fiebre, el virus que al peque le duró dos días y tú arrastras dos semanas, el día que llegas a casa con falta de paciencia y cansada y le gritas a tu hijo antes de tiempo, la mañana que el bebé se despierta con fiebre alta de golpe y no lo puedes llevar a la guarde y los abuelos trabajan o no están y te ves vendida con un peque que lo único que necesita en este mundo es que tú lo cojas en brazos, el fin de semana familiar que ves a tu hijo disfrutar por una foto en el  wassap porque tú estás en turno de finde y te toca hacer las 38 horas seguidas... Todo eso está ahí. La conciliación no existe. Es una fula que nos meten y nadie se puede tragar. Si eres madre y trabajas, ganas dinero, pero también pierdes otras cosas. Incluso hay casos en los que, con la calculadora en la mano, puede no compensarte. Y aunque te compense, pagarás. Siempre pagas algo. Y ese algo no sería necesario en todos los casos, si las cosas estuvieran bien montadas. 

Ser madre es una aventura maravillosa. Ser madre trabajadora, le quita una parte de esas maravillas. Ser madre trabajadora en el mundo que tenemos, sin conciliación, sin parques atechados, sin dibujos aninados no-sexistas y sin juguetes con música popular local, pierde alguna maravilla más. Pero seguimos en este camino, jugando con las cartas que nos ha tocado. Y al final, aunque suena manido y cursi... 

Cuando oyes a tu hijo reír, no existe nada malo en el mundo.