viernes, 8 de enero de 2016

Y una de reflexiones nocturnas.

Si habéis leído las reflexiones maternales vol II (y seguís viv@s y con ganas de leer más paranoias ancoriles), ya sabéis que el pasado verano me embarqué en una nueva aventura laboral. Fue un reto de narices, cargado de primeras veces: primera vez en  ese tipo de curro, primera jornada completa en un solo contrato, primeros turnos y primeras noches, entre otras cosas. (Bueno, vale, sí que trabajé de noche, pero no creo que las clases de baile cuenten. Además, fueron solo unos fines de semana, y yo lo consideraría más un hobby bizarro). 
Las noches de verano fueron toda una experiencia. Áncora en leggins y camiseta intentando acostar a una panda de enanos sin ganas de dormir. Áncora a las 12 de la noche viendo series para adolescentes y enseñando a hacer trenzas de escalera a una de las chicas mayores. Áncora yendo de concierto con la panda de garbanzos y el novicio más majo que parió madre (vale, es el único que conozco, pero fue una gran compañía para una gran noche). Cosas, la verdad, que nunca hubiera pensado que haría y que tienen como anécdotas y como recuerdos mucho encanto. 
También es verdad que lo que más hice esas noches fue leer. Si avancé tanto en el reto de lectura fue por todas las horas en el despacho libro en mano mientras los niños dormían. Para algunos leer tanto y dormir tan poco (juro solemnemente que apenas llegaba a pegar ojo más de media hora seguida) seguramente sea una pesadilla, pero para mi fue lo mejor. Era lo que compensaba. Me veía sola con una gran responsabilidad, teniendo dudas constantes sobre qué hacer cuando algo no iba como yo esperaba, perdía tiempo de estar con mi familia, no solo en la noche, sino al día siguiente cuando había que hacer cuentas con Sandman... pero al menos leía. 
En esa época sólo tuve un compañero nocturno, en  una noche festiva. Aparte de las risas por la reacción de los niños (¿Y dormisteis en la misma cama apretaditos? ¿No? Pero te gustaría, ¿a que sí?), fue la mejor noche. Trabajo en equipo. No más dudas, sólo buscar la compenetración. Infusiones regando buenas conversaciones de madrugada. Y ese peso mejor llevado de compartir la responsabilidad tan grande con alguien en quien confías. 
Lo hablaba con otra compañera, lo distintas que son las noches entre dos. Aunque también es verdad que las dos tuvimos el privilegio de compartir noche con la misma persona, uno de los mejores tipos que he conocido en mi vida. Fantaseábamos con cómo sería hacer noches siempre en compañía, queríamos vivirlo. Sonaba interesante. 
Estas Navidades, en el proyecto en el que me he embarcado ahora, me han tocado las noches compartidas. Y sí que son interesantes. 
Como os podréis imaginar, he leído muchísimo menos. No sé, quizás treinta páginas. Pero no lo he echado en falta.

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También he dormido más. Bueno, no os emocionéis. Si hago media, igual me salen tres horas por noche (contando que una no pegué ojo). Pero al menos esas horas las duermes con la tranquilidad de que hay alguien velando para que tú descanses. 
Cada compañero ha sido un mundo. Cada vez nos organizamos de una manera radicalmente distinta: dormir por turnos, dormir a la vez en distintas ubicaciones, no dormir.. Todo puede hacerse y todo puede funcionar.
Han sido cuatro noches con cuatro personas diferentes y las cuatro han tenido momentazos. Diseccionar las costumbres sociales en tres minutos,  llorar de risa de madrugada con confesiones femeninas, tomarse un té de canela con roscón de Reyes y reflexiones maternales a cuatro manos, hablar con la lucidez que dan las cinco de la mañana, poniendo en voz alta cosas que nunca habías dicho a nadie aún. Hablar con la misma fluidez de fotodepilación, de salsa en rueda, de los celos patológicos o de hipsters enfermizos. 
Contestar las preguntas de una mente inquieta y enérgica que no se corta un pelo en preguntarte cosas personales con tanto encanto que no te molesta en absoluto. Compartir recuerdos infantiles, luciérnagas y babosas, manicura en tonos granate, fotos de la familia y las mascotas, monólogos vikingos y recetas de cocina. Irte a la cama después de darte dos besos como si fuerais compañeras de cole, después de haberte reído de lo lindo. 
Escuchar las anédotas que da la experiencia, hablar de los hábitos alimentarios de los hijos, compartir sonrisas evocadas por la danza del vientre, hacer planes de futuro paralelos parecidos y descansar turnando la vigilancia nocturna con una sincronización no pactada pasmosa. 
Diseccionar la noche en dos, abandonarse al sueño con la confianza absoluta de que puedes hacerlo, tras recordar viejos tiempos, poner el mundo a parir y echarse unas risas. Despertarse de madrugada para cumplir tu tiempo disfrutando de tu momentito a solas mientras los chicos duermen. 
Embarcarse en una conversación igual de larga que de ligera (dejo lo mejor para el final), en una coreografía de temas enredados, saltando de la anécdota más chorras a la confesión más personal, pensar en voz alta sin miedo a que te juzguen mientras otra persona hace lo mismo a unos centímetros de distancia, recibir otra visión de las cosas igual de lúcida que de interesante, descubrir que compartes pasiones e imaginerías que casi nadie conoce, reírte de las paridas más tontas, desgranar pensamientos complejos, desvelar intimidades sin un asomo de pudor, y marcharte con la sensación de que has vivido una noche memorable. 
Al fin y al cabo, se trata de convivir. Tiene un punto de campamento de verano, de finde de casa rural. Verte por la mañana con la legaña colgando, con los pelos revueltos y voz de no estar despierta aún, sentirte cuidada porque te suben sábanas limpias y dos toallas por si acaso, o cuando te dicen entre bostezos que te vayas a dormir tranquila, que el primer turno de sueño te toca a ti sin discusión. Cuidar tú también, ya sea subiendo dos tazas de la cocina o quitando cutículas. 
Llevarte a casa un cansancio terrible y unas ojeras de miedo, pero también una lista de pelis para ver, una recomendación web, un comentario amable o un par de abrazos. Pero sobre todo, llevarte esa sensación de que la gente mola y te puede dar muchos momentos buenos. 
Sí, las noches compartidas son interesantes. Aunque también aviso que cuando pille la cama lo mismo me paso todo enero durmiendo... 


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